Amanda Figueras
La periodista de EL MUNDO que se convirtió al islam

El islam no es IS ni ningún tipo de terrorismo. El terrorismo no tiene religión y ésos que dicen ser musulmanes secuestran la voz de la mayoría de nosotros a quienes apenas se nos da la palabra. Mi vida es como la de cualquiera, sólo que dedico parte de mi tiempo a recordar a Allah.

El Rhyaftgan (amplia base de datos misioneros y conversos) Soy lo que se conoce como una nueva musulmana. En realidad, mi opción religiosa no es algo nuevo sino un largo proceso personal, pero sí, no nací en una familia musulmana. Es más, no me bautizaron en la fe católica como era lo habitual, así que el término musulmana conversa no encaja conmigo. ¿Cómo llegué al islam? Muy sencillo, fue tras darme cuenta de que no sabía qué era el islam y me sorprendía mi ignorancia acerca de una fe que siguen tantas personas en el mundo. Entonces, investigué.

A muchos les llama la atención, se sorprenden de que una mujer adulta, libre y en su sano juicio elija este camino. Es entonces cuando, por regla general, los prejuicios ganan, porque es más fácil pensar que ‘algún moro le habrá comido la cabeza que hacerse preguntas’: ¿Si Amanda ha elegido el islam quizás es porque no es tan diabólico como pensaba? Quienes se conforman con ideas preconcebidas, los que suponen a los musulmanes una especie de pene mágico con el que nos convierten en musulmanas, hacen lo mismo que aquellos contra los que claman: nos deshumanizan y nos ven como objetos manipulables.

Hay tantas razones para adoptar el islam como nuevos musulmanes; cada cual, las suyas. Si mi capacidad para tomar decisiones no se pone en duda, ¿por qué sí se hace cuando se trata de que ahora soy musulmana? He podido elegir mi carrera, mi trabajo, mis parejas, mi casa o mi coche sin que nadie piense que me han manipulado, ¿por qué me han debido de manipular esta vez? En España no gusta lo diferente.

Antes de interesarme por el islam tenía un conocimiento escaso y lleno de equívocos, como la inmensa mayoría. De hecho,una de las partes más difíciles del proceso hasta poder decir abiertamente “soy musulmana” fue poder decírmelo a mí misma.¿Musulmana, yo? ¿Cómo es posible que lo que estoy aprendiendo me guste, cómo voy a ser yo musulmana?

En el imaginario colectivo el islam está asociado a la inmigración y a la pobreza. Cuando se piensa en musulmanes la primera imagen que viene a la cabeza es una mujer con velo, de rasgos árabes, con muchos hijos y las manos con callos. También la de hombres con barba gritando o, más recientemente, cortando cabezas. Nunca nos han contado nada bueno sobre el islam, no vemos historias de éxito, no interesan las fotos de mujeres premio Nobel con ‘hiyab’ (velo islámico), ni de ministras musulmanas, o presidentas, o simplemente profesionales. Las hay, muchas, millones de ellas.

Además, esa asociación es selectiva. El islam es el peor de los males cuando se trata del islam de los inmigrantes con dificultades, de las mujeres que visten diferente a lo establecido, de los terroristas que dicen ser musulmanes. Sin embargo, hay un islam que no molesta: el de los futbolistas de éxito o el de las mujeres de las élites árabes. Recuerdo ahora una portada de la revista ‘Hola!’ de enero de 2010 en la que salía la entonces Princesa Letizia con un velo blanco. El titular decía que estaba “deslumbrante como una princesa de Oriente”.

El velo no nos incomoda cuando lo llevan las princesas. La abrumadora mayoría de los artículos sobre mujeres musulmanas hablan de su forma de vestir, sobre el velo -lo que nos coloca como simples objetos, por cierto-.

Una vez que asumí que quería ser musulmana empezó el proceso de intentar vivirlo con libertad. Me convencían sus cinco pilares: creer que sólo hay un Dios y que Muhammad (no Mahoma, por favor) es su profeta, recordar a Dios cinco veces al día mediante la oración, donar el 2,5% de mis ahorros para los necesitados, ayunar en el mes de Ramadán -que, entre otras cosas, me acerca a quienes simplemente no tienen qué comer- y, algún día, peregrinar a La Mecasi puedo. Por primera vez en mi vida había sentido la existencia de Allah. El hecho religioso es un misterio, y a mí me sorprendió sentirlo ya que siempre me había definido como atea. Me atemorizaba dar el paso pero me decidí al comprender que el islam es progresivo, al ver que tenía que cambiar mi modo de vida y darme cuenta de que, al hacerlo, no estaba dañando en modo alguno ni mi salud ni mi dignidad.

En mi casa había muchas reticencias y yo me preguntaba qué es lo que veían tan mal, por qué estaban tan preocupados. “Soy la misma, soy Amanda, sigo haciendo mi vida, no he empezado a hacer nada malo”. La sensación de incomprensión es dolorosa. Al tiempo que yo encontraba paz, calma, felicidad y guía, en mi entorno no musulmán eso era percibido como un peligro.

Pensaba que lo natural sería que mi familia me preguntara, que se interesaran, y lo mismo esperaba de mis amigos. Casi siempre he acabado llorando incapaz de gestionar una avalancha de desinformación vertida de manera agresiva. No hay mala intención, sólo miedo.

Salió el tema con una amiga, buscaba un poco de apoyo ante esa falta de empatía que sentía alrededor. Me dijo que era normal, que mi familia se preocupaba por mí y que ella se preguntaba por qué llevaba meses sin verme los brazos. Otra vez la cuestión de la ropa… ¿no es más importante lo que sentimos que lo que vestimos? Todo lo que conseguí fue que aceptara que quizás existía la posibilidad de que ella fuera demasiado radical en el asunto del velo. No llegamos a ningún acuerdo y no hemos vuelto a hablar del asunto.

Le pasa como a la mayoría, le parece mal que sea musulmana pero ni me pregunta ni le interesa que yo me explique. La quiero igual, aunque me duele. Siempre pienso que, si me hubiera dado por una fe más ‘chic’, no hubiera pasado esto, presumirían de amiga especial… pero el islam tiene muy mala fama. No es de extrañar. No hay líderes de opinión musulmanes, no hay figuras públicas de las que se destaque que son musulmanes y lo habitual es que los musulmanes con éxito prefieran no decir ni palabra sobre su religión precisamente porque el islam no vende nada. Si Leonardo DiCaprio se hubiera hecho musulmán en lugar de dejar crecer su panza de ‘fofisano’ otro gallo cantaría. En España no gusta lo diferente, a menos que tenga dinero o esté de moda.

Los musulmanes tenemos que esforzarnos por comunicarnos más y mejor, por abrir las mezquitas y mostrar quiénes somos. Tenemos que hablar. Y no sólo de religión, tenemos que hablar de educación, de sanidad, de derechos. Debemos reivindicar nuestro lugar como ciudadanos.

No es fácil ser musulmán en Europa. Y aquí es cuando los de amplias miras contestan: “Peor es ser cristiano en países árabes”. En primer lugar, porque asocian islam a países árabes cuando la mayoría de los musulmanes son asiáticos pero lo más grave de esta respuesta es que pareciera que el que otros lo hagan mal nos dé derecho a hacerlo también mal nosotros.

No es éste el momento de hablar de las atrocidades que suceden en otros lugares, ahora me refiero a Europa. Si no eres musulmán tal vez no te des cuenta de que existe la islamofobia. Antes de convivir con africanos pensaba que en España, en general, no éramos racistas, pero el rechazo es real. Según un estudio de abril de este año publicado por Pew Research Center, el 42% de los españoles tiene una opinión desfavorable hacia los musulmanes.

Escribí en mi Facebook que, a veces, veo ofertas de empleo en las que creo que encajo pero, después, me acuerdo de que en mí ya sólo se ve un ‘hiyab’ y ni lo intento. Algunos me dijeron que no me autoimponga barreras. Puede que tengan razón… Con mi mente realista pienso: ¿Cuántas periodistas con velo has visto en los medios españoles?

He trabajado más de una década en EL MUNDO, también siendo musulmana, aunque sólo recientemente hablé de ello entre mis jefes y compañeros cercanos. Decidí empezar a usar el velo una vez salí del periódico. Es por ahora mi opción personal. Por mucho que algunos se empeñen, tanto los que están a favor como los que están en contra, el velo es sólo un detalle.

Cuando digo que no es fácil ser diferente en Europa, lo digo con conocimiento de causa, no sólo por mi experiencia. Tengo una amiga que trabaja para un partido político -que no es el PP- y que esconde que pertenece al Opus Dei; un amigo que trabaja en el Metro de Madrid y que esconde que es musulmán; una amiga periodista que es testigo de Jehová y que también lo lleva en silencio, otra que trabaja en la ONU y que me escribió alabando la valentía de, siendo periodista, decir que soy musulmana… Ella no se atreve. ¿Es ésta la Europa de la que nos enorgullecemos? Debemos asegurar la libertad para todos, también para los diferentes, debemos dar ejemplo.

Hace un tiempo me invitaron a dar una charla en un instituto, en la clase de Historia de las Religiones. Acordé la fecha y hora con la profesora por ‘e-mail’. Cuando llegué al centro, me paró en el vestíbulo y me miró titubeante: “Bueno, es que no se admite el velo aquí, son las normas”. Nunca antes había sentido algo similar. Era impotencia y era frustración. Pensé: Me habéis invitado por mis conocimientos, porque queréis escucharme pero… ¿si llevo velo me rechazáis? Finalmente dijo: “Bueno, como estás invitada no creo que pase nada”. Estuve por marcharme… Pero preferí transmitir un mensaje de tolerancia a la clase. La profesora no me ha vuelto a invitar aunque le encantó la charla y dijo que lo haría.

El islam no es IS ni ningún tipo de terrorismo. El terrorismo no tiene religión y ésos que dicen ser musulmanes secuestran la voz de la mayoría de nosotros a quienes apenas se nos da la palabra. Mi vida es como la de cualquiera, sólo que dedico parte de mi tiempo a recordar a Allah.

Al final a ella, a mi madre, le ha tocado sufrir. En realidad no es por mí, mi islam no me hace daño, sino porque la sociedad no acepta al diferente.

Fuente: elmundo.es

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